sábado, 13 de diciembre de 2008

Esa Banda

Este cuento hace algunos ayeres (que son bastantes) estuvo entre los finalistas del concurso de cuento Carmen Báez de la ciudad de Morelia. Si bien es difícil valorarlo desde mi perspectiva, pues aún no sé si el cuento estuvo entre los finalistas porque un jurado era conocido mío (juro que yo no lo sabía) o porque el cuento en sí valía la pena. En fin, se los comparto y cada quien podrá sacar conclusiones al respecto.

Esa Banda...

¿Cómo carajos escribir esto?

El reloj marcaba las seis cuando llamé a casa de Pepe. Hablaba desde un teléfono público, soportando un viento frío que presagiaba la llegada de Tláloc.
Tláloc acariciando las nubes cholultecas en un sórdido acto de amor.
Te he estado hablando desde el sábado, dije después de saludar. Qué bueno que hablas Miguelón, te pasé a buscar ayer y nunca encontré tu casa. ¿Pero sí diste con la calle?, pregunté. Sí, me metí en sentido contrario por la siete hasta que llegué a una calle sin pavimentar, explicó él. Estabas enfrente de mi casa. Uh, ya ni modo; por cierto, hoy en la noche hay naitafón. ¿En martes?, exclamé sorprendido, no porque me molestara participar en una borrachera durante ese día, sino por lo extraño que resultaba beber con ellos entre semana. Pues a qué se debe, pregunté curioso. Es una larga historia que luego te cuento en la noche.
Colgué después de que acordamos vernos en un bar cercano a mi departamento, para posteriormente ir a casa de Fernando. Tláloc había llegado a su clímax y eyaculaba ligeramente sobre la ciudad de los perros y las bicicletas.
Cholula’s afternoon... Arza majo, una ziudad zagrada (pa’ los perros, claro).

Llegué solitario al bar, bañado por el semen del dios, que sin lugar a dudas había tenido una eyaculación prolongada. Me senté en la barra junto a unos antiguos conocidos.
El día estaba lleno de un nostálgico pasado.
Pepe llegó un par de cervezas más tarde. Salimos del lugar casi a las diez de la noche. Ya en el camino pregunté: bueno, y a qué se debe que haya naitafón el martes. Nomás, me respondió él, misterioso. ¿Quiénes van a ir?, proseguí con el interrogatorio. Todos los de antes, dijo. Yo supuse que todos los de antes eran los que veía esporádicamente desde hacía un par de años, algunos con mayor frecuencia que otros. Cuando nos encontrábamos cerca de casa de Fernando pregunté si le habían avisado a Daniel. Irina le iba a hablar, contestó Pepe. Y yo: oh, oh, no podía imaginar qué sucedería al encontrarme frente a ella, después de casi dos años de tener un pacto de agresión mutua y silenciosa que sólo se había roto en un par de ocasiones con nulos resultados.
Retornaba el ayer.
Recordé la carta que había escrito para ella un día antes, disculpándome por todas las estupideces que había dicho, y que sin lugar a duda resultaban muy injustas y falsas en su mayoría. El boulevard se envolvió con la nostalgia de años atrás, de una amistad tan fuerte como la fusión entre un par de átomos, de una relación tormentosa, de los factores en contra, de las palabras hirientes, del miedo, de la desesperación. El boulevard se envolvió en la neblina de un pasado glorioso, violento, melodramático, alcohólico...

El Fernando que abrió la puerta sonreía como en los viejos tiempos. ¿Qué onda Miguelón?, ¿cómo estás? Pásenle. Me dio mucho gusto verlo de nuevo; no porque tuviera mucho tiempo de no haberlo hecho, sino porque la idea de encontrarme nuevamente con los amigos de antaño llenaba la noche de magia, aunque Tláloc - por fin- nos hubiera dejado en paz. En la sala me topé con Lalo y Alfredo, poco a poco se reunía el ghetto. Platicamos mientras tomábamos la cerveza de un par de Caguamas que aún no estaban en veda. Me enteré de que Irina partiría a los Estados Unidos el jueves siguiente; la noticia no me resultaba extraña, no porque supiera algo al respecto, sino porque había algo que me había empujado a escribir esa carta que no llevaba conmigo en aquel momento. Era como si las personas presintieran o se mandaran mensajes por medio del subconsciente; lo creía enteramente posible. No entendía sin embargo, que ella y yo estuviéramos invitados a la misma reunión. Ellos sabían que nuestra relación no era precisamente cordial; se justificaba si hubiese sido una fiesta para ver nuevamente a los antiguos cuates, no por ser su despedida - como me enteraría después.

Ella hizo su aparición veinte minutos después de mi llegada, saludando felizmente a los amigos, abrazándose a la nostalgia que nos invadía a todos esa noche. Cuando llegó mi turno me dirigió un gélido hola. Hola, respondí melancólico y ya con unas cuantas cervezas encima; qué más daba si me dirigía el saludo o no, lo importante era volver a estar juntos. Vamos por Daniel, dijo Pepe. Ella no había podido encontrarlo, al parecer su teléfono estaba descompuesto. Vamos, dije a punto de estallar por la felicidad del reencuentro.

¿Qué pedo?, preguntó Daniel. Vámonos, exigimos Pepe y yo al unísono. ¿A dónde o qué pedo? A casa de Fernando. ¿Qué hay o qué? Reunión de generación, dije creyendo fervientemente en mis palabras. Si hubieran llegado un minuto más tarde, ya me hubieran encontrado empiyamado. Vámonos, exigimos por segunda ocasión. Dejen me cambio...

El coche aventura voló por las mojadas y solitarias calles poblanas a las once de la noche de un martes.

No creo que tenga nada de malo, dije, los homosexuales tienen el mismo derecho que los hombres o las mujeres de insinuársele a alguien... Continuó la discusión, nadie atacaba a nadie, nadie se agazapaba en su concha y escondía su opinión, nadie creía ser el dueño de la verdad absoluta. Ella me miraba, en ocasiones me concedía la razón, en otras sólo se interesaba por escuchar. Sentí como el muro entre nosotros dos desaparecía conforme avanzaba la noche y la conversación. El Hammer partió a las doce y media, como buen hombre responsable que debía trabajar al día siguiente. Ya se acabaron las caguas, pudo haber dicho cualquiera, porque era cierto. Miren lo que me encontré, sonrió Fernando mientras nos enseñaba un Terryble todavía sin abrir. “Si vas a apoyar a alguien se trata de apoyarlo incondicionalmente, de no reprocharle nada, de brindarle tu ayuda...”. Continuamos hablando una y otra vez, abarcamos mil temas, mil dudas, mil miedos; abarcamos la noche y su cansancio. Se descorchó un Juan Caminante pues el Terryble había muerto. Ella se levantó. Yo me pregunté en silencio qué carajos esperaba, era estúpido que después de tres años y medio de una relación tan intensa, no fuéramos capaces ni de saludarnos. No tenía ninguna carta escrita que me ayudara a disculparme, pero tenía palabras, mi recuerdo (su recuerdo), tenía el miedo de haberla perdido para siempre, y con ella parte de mí mismo.

¿Me regalas un minuto?, pregunté en medio de la oscuridad. Perdóname, dijo ella sinceramente. Perdóname tú a mí, dije al borde de las lágrimas. Nos abrazamos cual película cursi de Pedro Infante, para vivir ese instante eterno, ese momento irrepetible, ese reencuentro conmigo mismo y muchas historias de un pasado mutuo que no tenían sentido sin ella a mi alrededor; no existían relaciones tormentosas que recordar, una carrera por concluir, problemas económicos, no existía nada que no fuéramos nosotros dos, todo podía irse al carajo en ese momento. Black out. Partes, partes, sólo pequeñas partes de una larga conversación, de nuestro regreso al mundo (nuestro mundo). Tú me llamaste en un momento que necesitabas ayuda, perdóname por no haber podido estar ahí. Eso no importa, estás ahora, aunque sea sólo por esta noche y no exista un mañana, me hubiera gustado decir, pero el lenguaje no alcanzaba para expresar lo que sentía en aquel entonces. ¿Sabes?, escribí una carta ayer diciéndote que... Black out, many black outs. Daniel y Alfredo compitiendo en hidalgos... Ya me tengo que ir: ella. Hoy el mundo no importa, ya te vas mañana, quédate más tiempo: yo. Pepe, Daniel, Alfredo y Lalo escuchando el estéreo a todo volumen y golpeando la barra al compás de la música. El hermano de Fernando corriéndonos porque no lo dejábamos dormir. Chingue a su madre el mundo, vamos a seguirla en mi casa: ella. Irina, ¡no mames!, vamos a seguirla en mi casa, ahí no hay pedo: Daniel. Niet, a la mía: ella, decidida. Black out. Eres un güevón, ya ponte a trabajar; ya hablé con tu asesor de tesis y no te baja de güevón y de pendejo. Ya lo sabía, contesté. Le dije que lo primero sí, pero que lo segundo no era cierto; ya deja de echar la güeva. Te lo prometo, dije, aun cuando no me gustan las promesas. Black out.

Guoipiedfecfosadf, mencionó Lalo. Mojuretypwz asfutyog retg iujnm, reprochó Alfredo. Daniel tirado en la alfombra se asomaba como tortuga saliendo de su caparazón al escuchar su nombre, que debió haber sonado algo así como: Dansdeilz. Las palabras carecían de sentido, los decibeles iban en aumento, la noche agonizaba, la música lloraba la proximidad del desencuentro (¿había música? Black out), la luna lunera era culera (como escribiera mi cuate Iván en uno de sus cuentos) y esa noche no se dibujó en nuestro cielo. Yo pidiendo un par de horas del día siguiente para decir muchas cosas que mis tres sentidos ya no me permitían, tocando su mano, abrazándola, ¿diciéndole que la quería? Black out. Dfadfdfdtttrh, continuaron conversando algunos. Tyhytjtyhngfkje, dije con dificultad. Irina, acaban de operar a tu papá, se escuchó una voz que no pertenecía a ninguno de nosotros. Saltamos de nuestros lugares instintivamente, comprendíamos que la reunión había llegado a su fin, que habíamos pasado un buen momento y que debíamos retirarnos. Marchamos en fila hacia la salida, con los restos de un plomo y hielo. Alguien se sirvió una cuba y se la terminó de un trago. Alguien guacareó camino a casa. Alguien sufrió un black out por undécima vez. Te veo mañana, dije al borde de la inconsciencia cuando su mamá se encontraba detrás de ella.
Seguramente dijo adiós.
Alguien prefirió no voltear hacia donde yo me encontraba. Y la noche terminó y no hubo mañana - aunque seguramente existía-, y quizás nunca lo habrá, y quizás no nunca volvamos a estar juntos los mismos ocho borrachos, y quizás ella no esté en Wyoming sino en Washington o en Wisconsin - como alguien creyó al día siguiente-, y tal vez no habrá mañana nunca más, y a quién le importa en este momento...
No era una noche para el recuerdo. El recuerdo éramos nosotros mismos, las historias que impregnaban nuestra piel. No era una noche para hablar de nuestro pasado común o simplemente de nuestro pasado. Era enterarnos de que vivíamos, y que de alguna manera u otra, cada uno continuaba luchando en la eterna batalla llamada vida, que probablemente las historias del ayer eran parte esencial de nuestro presente, que a partir de ellas habíamos logrado mucho de lo hecho hasta ahora. Era hacer el amor con palabras, embriagarnos del presente y del ayer sin necesidad de ser explícitos, una complicidad compartida, una borrachera interminable, la confirmación de un pacto eterno que jamás ha sido mencionado... ni lo será.

¿Cómo escribir todo esto sin quitarle magia?

1992.