(aprovechando un tema de interés nacional: El clan Trevi-Andrade, para quien carezca de referente)1.
Lunes 30.
1:20 A.M.
La noche estrellada y el clima benigno, el termómetro probablemente marcará 18 o 19 grados centígrados. Una ligera bruma que se alcanza a percibir a lo lejos, allá donde el tenue resplandor de las luces se confunde con la laguna. Veracruz me resulta extraño a esta distancia, en esta nueva dirección donde mis padres se han establecido desde hace un par de años y a mi parecer su vida transcurre en calma, a pesar de la oveja descarriada o el tipo descocado que resulto ser yo. Tal vez es la lejana cercanía con el boulevard o el centro, quizá la lejana cercanía con mis historias de ayer recorriendo Plaza de Armas o sus playas. Lo cierto es que en este Veracruz de ahora, donde la gente transita a una velocidad endiablada por las nuevas y mal hechas vialidades, mis visitas tienen alguna similitud con la reclusión en un monasterio para hacerse cargo de los fantasmas; es decir: los infiernos personales.
En este año que termina, plagado – como afortunadamente es costumbre- de acontecimientos que me sorprenden y a la vez me desbordan, siento pánico de sentarme a escribir; de hecho he retrasado este momento de manera un tanto inconsciente, pero no del todo. Creo que Alejandro Filio lo ha dicho de una manera más precisa de lo que yo puedo hacerlo: “Hoy me vino la gana que no las musas”. Y yo he sentido que esa gana me recorre desde hace días, semanas, pero carezco de la claridad para expresarme y a pesar de todo sé que debo intentarlo, para liberarme un poco de todo lo que me ha sucedido en el 2002. Curiosamente solemos apilar un montón de eventos bajo el estigma de los 365 días, mero convencionalismo, pero caray, qué cantidad de cosas ocurren durante tanto tiempo.
Año de desiciones, algunas – en honor a la verdad- bastante extremas y en la búsqueda desesperada de aferrarme a mis paradigmas y esperanzas, no quiero meterme en problemas de índole académico, pero supongo que no todas las esperanzas son pradigmáticas. Sonrío y no voy a divagar al respecto. Al final de este ciclo, donde me enamoré, me desenamoré, me encontré, me desencontré, fui feliz e infeliz y para no hacer larga la secuencia, digamos que padecí todo aquello que tiene que ver con causa y efecto, siguiendo aquella disertación de Karla que tenía que ver con la comprobación de la existencia de Dios (¿socrática o aristotélica? Siempre he sido pésimo para asociar los nombres con las ideas), los días de mi vida han transcurrido – y me parece que es inevitable- entre el ying y el yang, si nos metemos de plano en lo chino o budista. Y estos días no han sido gratos – sólo en cierto sentido- y es que comienzo a preguntarme, tal como lo hace Elizabeth Wurtzel en Prozac Nation, si esta tendencia hacia el caos es sino de la generación a la que pertenezco. En verdad muy X todos, aunque quisiera creer que algunas de las personas que conozco rompen con el estereotipo y esquema.
Bueno, salgamos un poco de tema – como es mi maldita costumbre- y entremos en el terreno de la confesión y el diario íntimo, que tanto me gusta y que a últimas fechas (por no decir años) también forma parte de los programas de Televisión. Digamos pues, que mis escritos vía internet tienen formato de Reality Show, a pesar de que no me estén leyendo o viendo en tiempo real…
El 2002 comenzó con mi primera mudanza real (la aventura cancunense no puede considerarse así) de mi refugio de una década: La Sacrosanta Cholula. Las razones son dos y son muy simples: el casero se cansó de que le estuviera debiendo la renta con tanta frecuencia y yo decidí que era un buen momento para dejarlo descansar un poco y aprovechar las ventajas que a mí me ofrecía Puebla en relación a mis actividades. Un departamento bien ubicado, con un espacio nada insultante – como realmente lo son las actuales casas que se construyen en todo México; por supuesto las baratas-. Pero con mil problemas: un baño que guardaba olores espantosos, merced a una tubería muy vieja y de pequeño diámetro, el agua que a veces salía y a veces no, que en ocasiones estaba caliente y la mayoría de las veces tampoco, etc. Pero por otra parte, el nuevo acercamiento a los círculos culturales, de lejitos, eso sí y la posibilidad de trasladarse dentro de la ciudad sin dar tanta vuelta o perder tanto tiempo. La recuperación del centro de Puebla (mí recuperación por supuesto). El conocimiento y reconocimiento de personas que habían formado parte de un pasado, sin que hubieran sido parte trascendental de mi historia: Tup y Julia Eva, básicamente. El reecuentro con personas entrañadas y entrañables, como la buena Rana, después de aquella terrible experiencia de viaje por Europa. En fin, que para no mencionar detalles, simplemente viene una carretada de nombres: Sergio, Myrna, Gabriela, Marco, Beto e Iván. Seguramente se me escapan algun@s. El grupo y sus obscenas participaciones en las Audiencias Públicas del Gobernador. Yo y mis pinches baños de pureza reaccionaria que en verdad no me van. El grupo y los halagos, el grupo y – a últimas fechas- como bien dice Olinto: su falta de Duende. Situación compleja y difícil que me hace vislumbrar panoramas nada halagadores, a pesar de las oportunidades visibles y podría decir casi palpables, como es la invitación a grabar en un acoplado, donde participaremos con otras doce bandas, entre ellas las más renombradas a nivel nacional de la escena progresiva mexicana (Iconoclasta, Cabezas de Cera, Cast). Ocasionalmente tengo la impresión de que nos gusta sabotearnos a nosotros mismos, cuando mejores perspectivas hay hacia adelante. Pero bueno, ésa es otra historia y tendrá su desenlace en fechas próximas, espero – aunque no soy muy optimista- para bien. Como mero brevario cultural, la grabación se llevará a cabo el día 6 de enero en la Ciudad de México.
Prosigo.
Yo y mi falta de dinero y mi convicción de que no debo trabajar en otra cosa que no sea la música para exigirme buscar alternativas y soluciones a mis problemas financieros a través de ella y no – como siempre ha sido- como la actividad que más feliz me hace, pero nunca puede ocupar un lugar primordial porque no representa ingreso alguno. Un nuevo cambio de casa en el transcurso del año y vuelta a compartir, después de muchos años, mi espacio con alguien más, en este caso la terrible Myrna, nihilista y super hombre (private joke dear) hasta la pared de enfrente, a pesar de su amor por Descartes. El reconocimiento de que sin importar mis malos hábitos de solitario empedernido con tendencias hacia la misantropía, aunque arraigados, pueden corregirse; eso sí: necesito espacio para mi soledad. Ernestina o el Nacimiento del Amor, sólo por citar a Stendhal y mi furtivo y preparatoriano amor con Tup, a pesar de todos los sinsabores posteriores y la cáustica – por no decir truculenta- historia alrededor del mismo. Finalmente, para estar acorde con mi meloso gusto por los boleros: “Quien no ha amado que no diga nunca que vivió jamás”. Mi nuevo cambio de casa – tercero en el año-, de vuelta a Choula cómplice, Cholula calma, Cholula Amor Amor, compartiendo departamento con Betito e Iván, personajazos de mi antigua historia, por lo menos con diez años de antigüedad. Yo y mi nueva vieja (un bajo de marca Yamaha, modelo RBX 775, nuevecito, ¡válgame dios!). Etc., etc., etc.
En estos días, donde lo común y por demás loable, es desear buenaventura, mis sentimientos son un desbarajuste y están escandalosamente encontrados, lo cual no me imposibilita para pensar que la construcción de la felicidad y la esperanza dependen única y exclusivamente de nosotros mismos, que todos los acontecimientos externos, aunque representativos y factor de nuestras miserias, desgracias o todo lo contrario, son plenamente superables a partir de la convicción del yo. Ejemplifico: soy un factor de riesgo porque no utilizo condón al coger, luego entonces no es mala suerte que me dé SIDA. Cuestión meramente ilustrativa. Yo no les deseo ni la feliz navidad, ni el próspero año nuevo, ni cualquier otra frasecilla hecha de ésas que solemos utilizar en estos días, yo simplemente espero – con ahínco- que sean capaces de ir construyendo su felicidad día con día, que se aferren a esas pequeñas cosas que nos arrancan una sonrisa o simplemente nos hacen llegar a casa y decir: puta, qué a toda madre me la pasé el día de hoy. Es nuestra posibilidad y prerrogativa, no culpemos a los demás de lo que nosotros mismos dejamos de hacer, de lo que nosotros mismos nos negamos. Brindémosle opción a los sueños, con todo lo horrible que me resulta sonar como el otora olvidado y en alguna ocasión personaje imprescindible de los infomerciales del país: el Lic. Miguel Ángel Cornejo.
Un abrazo y un beso mis estima@s, donde quiera que estén.
Miguel López Pinedo.
Lunes 30 de diciembre del 2002.
3:35 A.M.
PIE DE PÁGINA
Supongo exclusivamente para aquellos que se encuentran en el extranjero y no son mexicanos: Gloria Trevi es una cantante mexicana que enfrenta serios problemas legales por cuestiones de violación, rapto y corrupción de menores (aunque la seriedad no es parte del Poder Judicial mexicano). A últimas fechas, merced a su extradición de Brasil, donde se encontraba presa, se volvió “el tema” de las noticias, a tal grado, que un día me soplé (es decir sin albur: vi) 40 minutos del noticiero nocturno donde sólo se hablaba de ella, cualquier otra noticia no era lo suficientemente importante; razón por la cual, tanto los temas nacionales como internacionales, se mencionaron apretadamente en 15 minutos, incluyendo – por ejemplo- un sonado desalojo en la reserva de Montes Azules, en el tensísimo y conflictivísimo estado de Chiapas, cuna del famoso EZLN.
domingo, 21 de diciembre de 2008
El Recuento de los Daños
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El tricodomo onomastoideo avanzó corriendo feliz
Vamos a comer algo, sugirió Tomás mientras escuchaba el estómago amplificando el ruido de sus jugos gástricos. Unos glicetrámicos foscotívicos, exclamó gustoso uno de los otros tres. No, no inventes, mejor unos castasplísticos en su tinta. Eso seguro que son unos pulpos, pensé Tomás. Fue cuando el tercero intervino: a mí me parece que los glicetrámicos son mejor idea. Tomás se abtuvo de interrogarlos porque presentía que los tres le estaban tomando el pelo y con la certeza de que si se le hubiera ocurrido preguntar, seguramente habría escuchado alguna explicación más cáustica que la sosa.
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jueves, 18 de diciembre de 2008
Intermedio
La gente que dice que te ama
y que te engaña
La gente que dice que te quiere
y que se muere.
y que te engaña
La gente que dice que te quiere
y que se muere.
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Poesía
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Canción de Solidaridad
Ella se murió de amor
como se mueren los que esperan
Ella se murió de dar
lo que nunca nadie le pidió.
como se mueren los que esperan
Ella se murió de dar
lo que nunca nadie le pidió.
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Poesía
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Amor
(a la manera de Mario Viveros)
Es el cielo más la tierra, dice ella
Es la noche más la luna, dice él
Es el sol cuando me miras, dices tú
Es el tiempo en que morimos, digo yo.
Es el cielo más la tierra, dice ella
Es la noche más la luna, dice él
Es el sol cuando me miras, dices tú
Es el tiempo en que morimos, digo yo.
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Condición Física
Me está persiguiendo el vacío y yo estoy tan cansado que no creo poder huir de él.
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miércoles, 17 de diciembre de 2008
Alteración de Haiku
La grandeza del buen astro
es pequeña frente a mi don
con un dedo cubro el sol.
es pequeña frente a mi don
con un dedo cubro el sol.
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Poesía
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Literato
Hice mi última
novela
sobre papel
de baño
para poderme
limpiar bien.
novela
sobre papel
de baño
para poderme
limpiar bien.
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Poesía
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sábado, 13 de diciembre de 2008
Entonces
Al final
- en un segundo-
nos daremos cuenta:
estamos solos.
- en un segundo-
nos daremos cuenta:
estamos solos.
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Poesía
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El Rincón de una Cantina
En tiempo de crisis:
la noche
ventana al mundo.
la noche
ventana al mundo.
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Poesía
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Manifiesto
La libertad termina
donde comienzan
los escrúpulos.
donde comienzan
los escrúpulos.
Esa Banda
Este cuento hace algunos ayeres (que son bastantes) estuvo entre los finalistas del concurso de cuento Carmen Báez de la ciudad de Morelia. Si bien es difícil valorarlo desde mi perspectiva, pues aún no sé si el cuento estuvo entre los finalistas porque un jurado era conocido mío (juro que yo no lo sabía) o porque el cuento en sí valía la pena. En fin, se los comparto y cada quien podrá sacar conclusiones al respecto.
Esa Banda...
¿Cómo carajos escribir esto?
El reloj marcaba las seis cuando llamé a casa de Pepe. Hablaba desde un teléfono público, soportando un viento frío que presagiaba la llegada de Tláloc.
Tláloc acariciando las nubes cholultecas en un sórdido acto de amor.
Te he estado hablando desde el sábado, dije después de saludar. Qué bueno que hablas Miguelón, te pasé a buscar ayer y nunca encontré tu casa. ¿Pero sí diste con la calle?, pregunté. Sí, me metí en sentido contrario por la siete hasta que llegué a una calle sin pavimentar, explicó él. Estabas enfrente de mi casa. Uh, ya ni modo; por cierto, hoy en la noche hay naitafón. ¿En martes?, exclamé sorprendido, no porque me molestara participar en una borrachera durante ese día, sino por lo extraño que resultaba beber con ellos entre semana. Pues a qué se debe, pregunté curioso. Es una larga historia que luego te cuento en la noche.
Colgué después de que acordamos vernos en un bar cercano a mi departamento, para posteriormente ir a casa de Fernando. Tláloc había llegado a su clímax y eyaculaba ligeramente sobre la ciudad de los perros y las bicicletas.
Cholula’s afternoon... Arza majo, una ziudad zagrada (pa’ los perros, claro).
Llegué solitario al bar, bañado por el semen del dios, que sin lugar a dudas había tenido una eyaculación prolongada. Me senté en la barra junto a unos antiguos conocidos.
El día estaba lleno de un nostálgico pasado.
Pepe llegó un par de cervezas más tarde. Salimos del lugar casi a las diez de la noche. Ya en el camino pregunté: bueno, y a qué se debe que haya naitafón el martes. Nomás, me respondió él, misterioso. ¿Quiénes van a ir?, proseguí con el interrogatorio. Todos los de antes, dijo. Yo supuse que todos los de antes eran los que veía esporádicamente desde hacía un par de años, algunos con mayor frecuencia que otros. Cuando nos encontrábamos cerca de casa de Fernando pregunté si le habían avisado a Daniel. Irina le iba a hablar, contestó Pepe. Y yo: oh, oh, no podía imaginar qué sucedería al encontrarme frente a ella, después de casi dos años de tener un pacto de agresión mutua y silenciosa que sólo se había roto en un par de ocasiones con nulos resultados.
Retornaba el ayer.
Recordé la carta que había escrito para ella un día antes, disculpándome por todas las estupideces que había dicho, y que sin lugar a duda resultaban muy injustas y falsas en su mayoría. El boulevard se envolvió con la nostalgia de años atrás, de una amistad tan fuerte como la fusión entre un par de átomos, de una relación tormentosa, de los factores en contra, de las palabras hirientes, del miedo, de la desesperación. El boulevard se envolvió en la neblina de un pasado glorioso, violento, melodramático, alcohólico...
El Fernando que abrió la puerta sonreía como en los viejos tiempos. ¿Qué onda Miguelón?, ¿cómo estás? Pásenle. Me dio mucho gusto verlo de nuevo; no porque tuviera mucho tiempo de no haberlo hecho, sino porque la idea de encontrarme nuevamente con los amigos de antaño llenaba la noche de magia, aunque Tláloc - por fin- nos hubiera dejado en paz. En la sala me topé con Lalo y Alfredo, poco a poco se reunía el ghetto. Platicamos mientras tomábamos la cerveza de un par de Caguamas que aún no estaban en veda. Me enteré de que Irina partiría a los Estados Unidos el jueves siguiente; la noticia no me resultaba extraña, no porque supiera algo al respecto, sino porque había algo que me había empujado a escribir esa carta que no llevaba conmigo en aquel momento. Era como si las personas presintieran o se mandaran mensajes por medio del subconsciente; lo creía enteramente posible. No entendía sin embargo, que ella y yo estuviéramos invitados a la misma reunión. Ellos sabían que nuestra relación no era precisamente cordial; se justificaba si hubiese sido una fiesta para ver nuevamente a los antiguos cuates, no por ser su despedida - como me enteraría después.
Ella hizo su aparición veinte minutos después de mi llegada, saludando felizmente a los amigos, abrazándose a la nostalgia que nos invadía a todos esa noche. Cuando llegó mi turno me dirigió un gélido hola. Hola, respondí melancólico y ya con unas cuantas cervezas encima; qué más daba si me dirigía el saludo o no, lo importante era volver a estar juntos. Vamos por Daniel, dijo Pepe. Ella no había podido encontrarlo, al parecer su teléfono estaba descompuesto. Vamos, dije a punto de estallar por la felicidad del reencuentro.
¿Qué pedo?, preguntó Daniel. Vámonos, exigimos Pepe y yo al unísono. ¿A dónde o qué pedo? A casa de Fernando. ¿Qué hay o qué? Reunión de generación, dije creyendo fervientemente en mis palabras. Si hubieran llegado un minuto más tarde, ya me hubieran encontrado empiyamado. Vámonos, exigimos por segunda ocasión. Dejen me cambio...
El coche aventura voló por las mojadas y solitarias calles poblanas a las once de la noche de un martes.
No creo que tenga nada de malo, dije, los homosexuales tienen el mismo derecho que los hombres o las mujeres de insinuársele a alguien... Continuó la discusión, nadie atacaba a nadie, nadie se agazapaba en su concha y escondía su opinión, nadie creía ser el dueño de la verdad absoluta. Ella me miraba, en ocasiones me concedía la razón, en otras sólo se interesaba por escuchar. Sentí como el muro entre nosotros dos desaparecía conforme avanzaba la noche y la conversación. El Hammer partió a las doce y media, como buen hombre responsable que debía trabajar al día siguiente. Ya se acabaron las caguas, pudo haber dicho cualquiera, porque era cierto. Miren lo que me encontré, sonrió Fernando mientras nos enseñaba un Terryble todavía sin abrir. “Si vas a apoyar a alguien se trata de apoyarlo incondicionalmente, de no reprocharle nada, de brindarle tu ayuda...”. Continuamos hablando una y otra vez, abarcamos mil temas, mil dudas, mil miedos; abarcamos la noche y su cansancio. Se descorchó un Juan Caminante pues el Terryble había muerto. Ella se levantó. Yo me pregunté en silencio qué carajos esperaba, era estúpido que después de tres años y medio de una relación tan intensa, no fuéramos capaces ni de saludarnos. No tenía ninguna carta escrita que me ayudara a disculparme, pero tenía palabras, mi recuerdo (su recuerdo), tenía el miedo de haberla perdido para siempre, y con ella parte de mí mismo.
¿Me regalas un minuto?, pregunté en medio de la oscuridad. Perdóname, dijo ella sinceramente. Perdóname tú a mí, dije al borde de las lágrimas. Nos abrazamos cual película cursi de Pedro Infante, para vivir ese instante eterno, ese momento irrepetible, ese reencuentro conmigo mismo y muchas historias de un pasado mutuo que no tenían sentido sin ella a mi alrededor; no existían relaciones tormentosas que recordar, una carrera por concluir, problemas económicos, no existía nada que no fuéramos nosotros dos, todo podía irse al carajo en ese momento. Black out. Partes, partes, sólo pequeñas partes de una larga conversación, de nuestro regreso al mundo (nuestro mundo). Tú me llamaste en un momento que necesitabas ayuda, perdóname por no haber podido estar ahí. Eso no importa, estás ahora, aunque sea sólo por esta noche y no exista un mañana, me hubiera gustado decir, pero el lenguaje no alcanzaba para expresar lo que sentía en aquel entonces. ¿Sabes?, escribí una carta ayer diciéndote que... Black out, many black outs. Daniel y Alfredo compitiendo en hidalgos... Ya me tengo que ir: ella. Hoy el mundo no importa, ya te vas mañana, quédate más tiempo: yo. Pepe, Daniel, Alfredo y Lalo escuchando el estéreo a todo volumen y golpeando la barra al compás de la música. El hermano de Fernando corriéndonos porque no lo dejábamos dormir. Chingue a su madre el mundo, vamos a seguirla en mi casa: ella. Irina, ¡no mames!, vamos a seguirla en mi casa, ahí no hay pedo: Daniel. Niet, a la mía: ella, decidida. Black out. Eres un güevón, ya ponte a trabajar; ya hablé con tu asesor de tesis y no te baja de güevón y de pendejo. Ya lo sabía, contesté. Le dije que lo primero sí, pero que lo segundo no era cierto; ya deja de echar la güeva. Te lo prometo, dije, aun cuando no me gustan las promesas. Black out.
Guoipiedfecfosadf, mencionó Lalo. Mojuretypwz asfutyog retg iujnm, reprochó Alfredo. Daniel tirado en la alfombra se asomaba como tortuga saliendo de su caparazón al escuchar su nombre, que debió haber sonado algo así como: Dansdeilz. Las palabras carecían de sentido, los decibeles iban en aumento, la noche agonizaba, la música lloraba la proximidad del desencuentro (¿había música? Black out), la luna lunera era culera (como escribiera mi cuate Iván en uno de sus cuentos) y esa noche no se dibujó en nuestro cielo. Yo pidiendo un par de horas del día siguiente para decir muchas cosas que mis tres sentidos ya no me permitían, tocando su mano, abrazándola, ¿diciéndole que la quería? Black out. Dfadfdfdtttrh, continuaron conversando algunos. Tyhytjtyhngfkje, dije con dificultad. Irina, acaban de operar a tu papá, se escuchó una voz que no pertenecía a ninguno de nosotros. Saltamos de nuestros lugares instintivamente, comprendíamos que la reunión había llegado a su fin, que habíamos pasado un buen momento y que debíamos retirarnos. Marchamos en fila hacia la salida, con los restos de un plomo y hielo. Alguien se sirvió una cuba y se la terminó de un trago. Alguien guacareó camino a casa. Alguien sufrió un black out por undécima vez. Te veo mañana, dije al borde de la inconsciencia cuando su mamá se encontraba detrás de ella.
Seguramente dijo adiós.
Alguien prefirió no voltear hacia donde yo me encontraba. Y la noche terminó y no hubo mañana - aunque seguramente existía-, y quizás nunca lo habrá, y quizás no nunca volvamos a estar juntos los mismos ocho borrachos, y quizás ella no esté en Wyoming sino en Washington o en Wisconsin - como alguien creyó al día siguiente-, y tal vez no habrá mañana nunca más, y a quién le importa en este momento...
No era una noche para el recuerdo. El recuerdo éramos nosotros mismos, las historias que impregnaban nuestra piel. No era una noche para hablar de nuestro pasado común o simplemente de nuestro pasado. Era enterarnos de que vivíamos, y que de alguna manera u otra, cada uno continuaba luchando en la eterna batalla llamada vida, que probablemente las historias del ayer eran parte esencial de nuestro presente, que a partir de ellas habíamos logrado mucho de lo hecho hasta ahora. Era hacer el amor con palabras, embriagarnos del presente y del ayer sin necesidad de ser explícitos, una complicidad compartida, una borrachera interminable, la confirmación de un pacto eterno que jamás ha sido mencionado... ni lo será.
¿Cómo escribir todo esto sin quitarle magia?
1992.
Esa Banda...
¿Cómo carajos escribir esto?
El reloj marcaba las seis cuando llamé a casa de Pepe. Hablaba desde un teléfono público, soportando un viento frío que presagiaba la llegada de Tláloc.
Tláloc acariciando las nubes cholultecas en un sórdido acto de amor.
Te he estado hablando desde el sábado, dije después de saludar. Qué bueno que hablas Miguelón, te pasé a buscar ayer y nunca encontré tu casa. ¿Pero sí diste con la calle?, pregunté. Sí, me metí en sentido contrario por la siete hasta que llegué a una calle sin pavimentar, explicó él. Estabas enfrente de mi casa. Uh, ya ni modo; por cierto, hoy en la noche hay naitafón. ¿En martes?, exclamé sorprendido, no porque me molestara participar en una borrachera durante ese día, sino por lo extraño que resultaba beber con ellos entre semana. Pues a qué se debe, pregunté curioso. Es una larga historia que luego te cuento en la noche.
Colgué después de que acordamos vernos en un bar cercano a mi departamento, para posteriormente ir a casa de Fernando. Tláloc había llegado a su clímax y eyaculaba ligeramente sobre la ciudad de los perros y las bicicletas.
Cholula’s afternoon... Arza majo, una ziudad zagrada (pa’ los perros, claro).
Llegué solitario al bar, bañado por el semen del dios, que sin lugar a dudas había tenido una eyaculación prolongada. Me senté en la barra junto a unos antiguos conocidos.
El día estaba lleno de un nostálgico pasado.
Pepe llegó un par de cervezas más tarde. Salimos del lugar casi a las diez de la noche. Ya en el camino pregunté: bueno, y a qué se debe que haya naitafón el martes. Nomás, me respondió él, misterioso. ¿Quiénes van a ir?, proseguí con el interrogatorio. Todos los de antes, dijo. Yo supuse que todos los de antes eran los que veía esporádicamente desde hacía un par de años, algunos con mayor frecuencia que otros. Cuando nos encontrábamos cerca de casa de Fernando pregunté si le habían avisado a Daniel. Irina le iba a hablar, contestó Pepe. Y yo: oh, oh, no podía imaginar qué sucedería al encontrarme frente a ella, después de casi dos años de tener un pacto de agresión mutua y silenciosa que sólo se había roto en un par de ocasiones con nulos resultados.
Retornaba el ayer.
Recordé la carta que había escrito para ella un día antes, disculpándome por todas las estupideces que había dicho, y que sin lugar a duda resultaban muy injustas y falsas en su mayoría. El boulevard se envolvió con la nostalgia de años atrás, de una amistad tan fuerte como la fusión entre un par de átomos, de una relación tormentosa, de los factores en contra, de las palabras hirientes, del miedo, de la desesperación. El boulevard se envolvió en la neblina de un pasado glorioso, violento, melodramático, alcohólico...
El Fernando que abrió la puerta sonreía como en los viejos tiempos. ¿Qué onda Miguelón?, ¿cómo estás? Pásenle. Me dio mucho gusto verlo de nuevo; no porque tuviera mucho tiempo de no haberlo hecho, sino porque la idea de encontrarme nuevamente con los amigos de antaño llenaba la noche de magia, aunque Tláloc - por fin- nos hubiera dejado en paz. En la sala me topé con Lalo y Alfredo, poco a poco se reunía el ghetto. Platicamos mientras tomábamos la cerveza de un par de Caguamas que aún no estaban en veda. Me enteré de que Irina partiría a los Estados Unidos el jueves siguiente; la noticia no me resultaba extraña, no porque supiera algo al respecto, sino porque había algo que me había empujado a escribir esa carta que no llevaba conmigo en aquel momento. Era como si las personas presintieran o se mandaran mensajes por medio del subconsciente; lo creía enteramente posible. No entendía sin embargo, que ella y yo estuviéramos invitados a la misma reunión. Ellos sabían que nuestra relación no era precisamente cordial; se justificaba si hubiese sido una fiesta para ver nuevamente a los antiguos cuates, no por ser su despedida - como me enteraría después.
Ella hizo su aparición veinte minutos después de mi llegada, saludando felizmente a los amigos, abrazándose a la nostalgia que nos invadía a todos esa noche. Cuando llegó mi turno me dirigió un gélido hola. Hola, respondí melancólico y ya con unas cuantas cervezas encima; qué más daba si me dirigía el saludo o no, lo importante era volver a estar juntos. Vamos por Daniel, dijo Pepe. Ella no había podido encontrarlo, al parecer su teléfono estaba descompuesto. Vamos, dije a punto de estallar por la felicidad del reencuentro.
¿Qué pedo?, preguntó Daniel. Vámonos, exigimos Pepe y yo al unísono. ¿A dónde o qué pedo? A casa de Fernando. ¿Qué hay o qué? Reunión de generación, dije creyendo fervientemente en mis palabras. Si hubieran llegado un minuto más tarde, ya me hubieran encontrado empiyamado. Vámonos, exigimos por segunda ocasión. Dejen me cambio...
El coche aventura voló por las mojadas y solitarias calles poblanas a las once de la noche de un martes.
No creo que tenga nada de malo, dije, los homosexuales tienen el mismo derecho que los hombres o las mujeres de insinuársele a alguien... Continuó la discusión, nadie atacaba a nadie, nadie se agazapaba en su concha y escondía su opinión, nadie creía ser el dueño de la verdad absoluta. Ella me miraba, en ocasiones me concedía la razón, en otras sólo se interesaba por escuchar. Sentí como el muro entre nosotros dos desaparecía conforme avanzaba la noche y la conversación. El Hammer partió a las doce y media, como buen hombre responsable que debía trabajar al día siguiente. Ya se acabaron las caguas, pudo haber dicho cualquiera, porque era cierto. Miren lo que me encontré, sonrió Fernando mientras nos enseñaba un Terryble todavía sin abrir. “Si vas a apoyar a alguien se trata de apoyarlo incondicionalmente, de no reprocharle nada, de brindarle tu ayuda...”. Continuamos hablando una y otra vez, abarcamos mil temas, mil dudas, mil miedos; abarcamos la noche y su cansancio. Se descorchó un Juan Caminante pues el Terryble había muerto. Ella se levantó. Yo me pregunté en silencio qué carajos esperaba, era estúpido que después de tres años y medio de una relación tan intensa, no fuéramos capaces ni de saludarnos. No tenía ninguna carta escrita que me ayudara a disculparme, pero tenía palabras, mi recuerdo (su recuerdo), tenía el miedo de haberla perdido para siempre, y con ella parte de mí mismo.
¿Me regalas un minuto?, pregunté en medio de la oscuridad. Perdóname, dijo ella sinceramente. Perdóname tú a mí, dije al borde de las lágrimas. Nos abrazamos cual película cursi de Pedro Infante, para vivir ese instante eterno, ese momento irrepetible, ese reencuentro conmigo mismo y muchas historias de un pasado mutuo que no tenían sentido sin ella a mi alrededor; no existían relaciones tormentosas que recordar, una carrera por concluir, problemas económicos, no existía nada que no fuéramos nosotros dos, todo podía irse al carajo en ese momento. Black out. Partes, partes, sólo pequeñas partes de una larga conversación, de nuestro regreso al mundo (nuestro mundo). Tú me llamaste en un momento que necesitabas ayuda, perdóname por no haber podido estar ahí. Eso no importa, estás ahora, aunque sea sólo por esta noche y no exista un mañana, me hubiera gustado decir, pero el lenguaje no alcanzaba para expresar lo que sentía en aquel entonces. ¿Sabes?, escribí una carta ayer diciéndote que... Black out, many black outs. Daniel y Alfredo compitiendo en hidalgos... Ya me tengo que ir: ella. Hoy el mundo no importa, ya te vas mañana, quédate más tiempo: yo. Pepe, Daniel, Alfredo y Lalo escuchando el estéreo a todo volumen y golpeando la barra al compás de la música. El hermano de Fernando corriéndonos porque no lo dejábamos dormir. Chingue a su madre el mundo, vamos a seguirla en mi casa: ella. Irina, ¡no mames!, vamos a seguirla en mi casa, ahí no hay pedo: Daniel. Niet, a la mía: ella, decidida. Black out. Eres un güevón, ya ponte a trabajar; ya hablé con tu asesor de tesis y no te baja de güevón y de pendejo. Ya lo sabía, contesté. Le dije que lo primero sí, pero que lo segundo no era cierto; ya deja de echar la güeva. Te lo prometo, dije, aun cuando no me gustan las promesas. Black out.
Guoipiedfecfosadf, mencionó Lalo. Mojuretypwz asfutyog retg iujnm, reprochó Alfredo. Daniel tirado en la alfombra se asomaba como tortuga saliendo de su caparazón al escuchar su nombre, que debió haber sonado algo así como: Dansdeilz. Las palabras carecían de sentido, los decibeles iban en aumento, la noche agonizaba, la música lloraba la proximidad del desencuentro (¿había música? Black out), la luna lunera era culera (como escribiera mi cuate Iván en uno de sus cuentos) y esa noche no se dibujó en nuestro cielo. Yo pidiendo un par de horas del día siguiente para decir muchas cosas que mis tres sentidos ya no me permitían, tocando su mano, abrazándola, ¿diciéndole que la quería? Black out. Dfadfdfdtttrh, continuaron conversando algunos. Tyhytjtyhngfkje, dije con dificultad. Irina, acaban de operar a tu papá, se escuchó una voz que no pertenecía a ninguno de nosotros. Saltamos de nuestros lugares instintivamente, comprendíamos que la reunión había llegado a su fin, que habíamos pasado un buen momento y que debíamos retirarnos. Marchamos en fila hacia la salida, con los restos de un plomo y hielo. Alguien se sirvió una cuba y se la terminó de un trago. Alguien guacareó camino a casa. Alguien sufrió un black out por undécima vez. Te veo mañana, dije al borde de la inconsciencia cuando su mamá se encontraba detrás de ella.
Seguramente dijo adiós.
Alguien prefirió no voltear hacia donde yo me encontraba. Y la noche terminó y no hubo mañana - aunque seguramente existía-, y quizás nunca lo habrá, y quizás no nunca volvamos a estar juntos los mismos ocho borrachos, y quizás ella no esté en Wyoming sino en Washington o en Wisconsin - como alguien creyó al día siguiente-, y tal vez no habrá mañana nunca más, y a quién le importa en este momento...
No era una noche para el recuerdo. El recuerdo éramos nosotros mismos, las historias que impregnaban nuestra piel. No era una noche para hablar de nuestro pasado común o simplemente de nuestro pasado. Era enterarnos de que vivíamos, y que de alguna manera u otra, cada uno continuaba luchando en la eterna batalla llamada vida, que probablemente las historias del ayer eran parte esencial de nuestro presente, que a partir de ellas habíamos logrado mucho de lo hecho hasta ahora. Era hacer el amor con palabras, embriagarnos del presente y del ayer sin necesidad de ser explícitos, una complicidad compartida, una borrachera interminable, la confirmación de un pacto eterno que jamás ha sido mencionado... ni lo será.
¿Cómo escribir todo esto sin quitarle magia?
1992.
Etiquetas:
Cuentos cortos,
literatura
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martes, 9 de diciembre de 2008
Me, Myself & My Bass (y un pedazo de mí, desde luego)
Me, Myself & My Bass
Formato mp3 a 192 kbps. Pueden bajarla dando click en el link anterior (el nombre de la canción).
Haciendo a un lado los pianos y teclados de la sección central, así como la batería (creada a partir de apple loops) todas las armonías fueron ejecutadas con un bajo Yamaha RBX 775 de cinco cuerdas, tocado por un servidor.
Después de muchos días de incertidumbre y otros tantos de trabajo sin dedicarle un tiempo pertinente a la música y a raíz de una plática con mi amigo Rodrigo (productor de jingles y guitarrista de una muy buena banda llamada Siconauta) que ocurrió más o menos en los siguientes términos:
Choco: ¿Y tú que pedo? ¿Por qué no haz tocado?
Miguelhongo: Pues básicamente mis cuates músicos andan en su rollo y no nos juntamos a tocar.
Choco: No manches, ese pretexto ta requete barato caon.
Miguelhongo: Digo, en mi casa me dedico más bien a pendejear con el Logic; hacer mezclas y rollos así.
Choco: Sí caon, pero no te olvides por qué comenzaste en esto, no dejes de darle...
Y años más tarde, después de tantos grupos y estilos musicales, de jugarle al mercenario de la música, de vivir de ella cual padrote despiadado, mientras gano dinero con cuestiones que no me desagradan del todo, pero tampoco me apasionan en demasía, me pregunté: ¿Y por qué comencé en esto? La respuesta es simple, espero que la comprendan cuando lo escuchen. No es la mejor de las grabaciones, pero ciertamente -a mí, como creador- me mueve a escucharla una y otra vez para que me hable, para que me diga por qué, para que me abrace.
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