Donde las palabras nada dicen, es imposible comunicarse. Aquí el concreto se yergue victorioso como morada y prisión, el asfalto nos guía por un sendero del que no hay escapatoria y el destino se muestra pedante y hosco, desafiando la supuesta fuerza que nos guía a través de ese eje improbable que le da sentido a nuestra vida.
Llueve.
He dicho tantas veces que te amo, que en esta soledad multitudinaria soy incapaz de hallarte en el silencio y dejar atrás el lenguaje. A veces creo conocerte cuando veo más allá de tu mirada y mi mano es capaz de fundirse en tu pelo y no ser más mi mano, sino lo otro, desconocido, cálido. Pero de repente el hastío se apodera de mis piernas y mi boca y soy incapaz de continuar el viaje. Escucho el despertador a una hora temprana y presiento la rutina del día detrás de un escritorio, donde más tarde diré frases incoherentes a destinatarios desconocidos. Y pensaré en la posibilidad de transformar el mundo a la medida de mis temores y mis ansiedades. Entonces no tendré oportunidad de mirar la televisión mirando a ninguna parte y escuchando entre mis sueños la nueva marca de un jabón reductor o el ejercitador que puedo utilizar mientras duermo. Hoy, como todos los días, el olvido se niega a cooperar conmigo y dejar a un lado el permanente sonido de la lluvia que me aprisiona a tu recuerdo. Esa lluvia pertinaz e impertinente que me sugiere tu piel concomitante bajo el techo de mi cuarto, desnudos bajo las sábanas, perdiéndonos en filosofías inexistentes y abandonados al goce del alba. Pero es también la lluvia la que me recuerda otras estaciones felices, donde la mentira excluye al dolor y podemos caminar entre otro millón de cuerpos ansiosos, ajenos a los nuestros. He aquí entonces que el diario habla de muerte y las fluctuaciones de las tasas de interés. ¿Debería importarme? El cielo es una cortina de grises que me hacen pensar en una textura metálica y fría, inescrutable. Escucho que la inseguridad es terrible, que ya no se puede recorrer las calles por la noche; es decir, que a nuestro encierro le corresponderá otro aún mayor. Debo gritar en mi defensa, que bien podría ser un condenado gozoso de su pena, atado a ti sin perderme, encadenado a tu risa y tus brazos.
Sonrío.
Después de todo, entre lo aplastante del vacío, cuando llegado el cansancio de las horas laborales, ¿dónde habré de encontrarte?, ¿Entre qué gentes?,/ ¿Diciendo qué palabras? Sé que me resta el optimismo, teorías más o menos patológicas, cuentos fantásticos, anécdotas apócrifas, historias todas mías y de mis memorias, donde - aunque lo niegue- nunca ha habido un final feliz.
Te sueño, aquí y a todas horas, aun cuando sea incapaz de escucharte mientras telefoneo a Jalisco para confirmar el último pedido de refacciones. Y río porque lloro, porque todo en ti es silencio y porque en un mar indiferente soy incapaz de localizarte, de llenarte toda, de beberte ebrio, de acuñar para mí tus sonidos, porque no puedo romper estas rocas, este abismo de sangre, esta comedia tantas veces representada, donde los ojos - ávidos- buscan reír con mis derrotas.
La vida, dicen. Le llaman.
Sé de mi anacronismo, de lo estúpido que resulta la necesidad de comprobar esta hipótesis. La única solución posible es una cinta de Moebius y sin embargo recorro los bares por las noches y me encuentro con seres fantasmales que me brindan una ilusión, que a fuerza de serlo, me veo en posición de aceptar. Pero el despertar es sórdido, llena de herrumbre la boca, disfruta del lamento, de los miles de golpes que recibes con el acierto y el error; el sube y baja. Debo colgar ahora, mi jefe está llamando, hay un problema con el balance.
El equilibrio, me digo.
Son las diez de la mañana, es tarde. El reloj continúa cumpliendo su trabajo sin demora, despedazando las posibilidades de nuestro encuentro
y yo
y el viento
y yo.
Si llegaras con la lluvia...
2 comentarios:
Que poesía tan inspirada inspirada.
¿Cuándo fue que escribiste estas poesías?
(no tienen fecha)
Bellísimo texto. Triste y dulce. Trilce. Vallejo. Abrazos a ti Mi querido Miguel. Te como a besos en escabeche.
Regina
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